ALBERTO FUJIMORI FUJIMORI

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Alberto Fujimori es el único hijo de inmigrantes de origen japonés que ha sido electo presidente de la nación de adopción. Por esa razón fue muy popular en el país del Sol Naciente y mirado con interés por diversos círculos. Por su parte, en el Perú fue una estrella desde su aparición ante el público, generando una gran controversia política y disponiendo tanto de poderosas amistades como de enconados adversarios. Este renombre a los dos lados del Pacífico le permitió navegar en dos aguas, intentando sacar provecho personal de su doble identidad étnica y nacional. Ahora que está preso en Lima, esperando al tribunal que lo juzgará por asesinato y corrupción, es la ocasión para una corta biografía de una persona cuya vida, inesperadamente, parece destinada a las marquesinas, pero aquellas intermitentes, que brillan y se oscurecen: un alma equívoca.

Nacido en el Perú en 1938, Alberto Kenya Fujimori es hijo de padre y madre japoneses, provenientes de la aldea de Kawachi en la prefectura de Kumamoto. Creció en Lima y fue el primer alumno en diversos colegios públicos donde estudió. Siguió siendo el mejor estudiante durante sus años en la Agraria, una universidad igualmente pública donde se graduó como ingeniero agrónomo a la edad de 24 años. Vivió en barrios populares y de clase alta, como La Victoria y San Isidro. Sin embargo, no entabló mayor contacto con su medio. Era callado y concentrado en sí mismo; en el colegio sólo era popular los días de exámenes de matemáticas. El resto del tiempo, el mundo parecía pasar lejos de sí. No se le conocían grandes amistades ni acudía a las fiestas.

Los padres habían llegado en 1934 ya casados y aún sin hijos; Alberto Kenya es el mayor de cuatro hermanos. Unos años atrás, el padre había viajado al Perú y realizado varios trabajos manuales hasta alcanzar un ascenso social mínimo como sastre, después de lo cual retornó al Japón para casarse. Así como los Fujimori, la mayor parte de la inmigración japonesa al Perú llegó organizada en núcleos familiares, que fueron fundamentales en su nueva patria, al permitirles guardar su modo de ser y educar a la primera generación nacida en el Perú dentro de su tradición cultural. Esta homogeneidad de la primera generación contrastaba con la experiencia de la otra gran inmigración oriental al Perú: la china del siglo XIX. En ese momento, solamente varones chinos habían cruzado el Pacífico. Por ello, desde el comienzo, los chinos se vieron obligados a salir de sus particularismos étnicos e influir en el país, mientras que los japoneses pasaron una temporada encapsulados. Hasta finales de los años 1930 se desarrolló esta primera etapa de la inmigración japonesa, durante la cual destacó la formación de asociaciones de auto ayuda, en buena medida alentadas por la embajada japonesa en Lima.

Pero, apenas nacido Alberto Kenya, el mundo se precipitó a la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la joven familia Fujimori fueron de gran turbulencia y sufrimiento. Después de Pearl Harbor, los Estados Unidos presionaron al presidente peruano Manuel Prado para perseguir a los japoneses. El Perú era uno de los países de América Latina que había recibido un mayor porcentaje de la emigración japonesa y los Estados Unidos sintieron que podía ser un peligro si la guerra se extendía a Sudamérica, lo cual estaba lejos de descartarse en ese momento. Comenzando los cuarenta, los japoneses peruanos eran un grupo emprendedor y en ascenso económico, aunque aún situado en la sociedad popular. Pronto fueron estremecidos por un cataclismo porque el gobierno peruano confiscó las propiedades de muchos japoneses peruanos, congeló sus ahorros bancarios y deportó a los Estados Unidos a un grupo de familias niponas. Así, durante la infancia de Fujimori hubo drásticas iniciativas políticas anti japonesas en el Perú, y no sabemos exactamente cómo habrá vivido el clima de abuso imperante, pero tiene que ser un sentimiento primordial. El entorno le fue hostil y aprendió a devolver la agresión sin miramientos.

Luego de terminar la universidad, realizó estudios de postgrado en Francia y en los Estados Unidos, fue nombrado profesor de la Agraria y se casó con Susana Higuchi, con la cual tuvo cuatro hijos, antes de divorciarse al llegar al poder. Como docente universitario, Fujimori inició su carrera política en el plano institucional. Se presentó para vicerrector, pero fracasó y se sintió traicionado por un aliado al que ayudó a subir y luego le negó colaboración. Esta experiencia negativa lo llevó a replegarse a sus negocios particulares y a retornar pocos años después. Gracias a alianzas que tejió fuera del establishment llegó al rectorado y gobernó la universidad como quiso, sin consultar con las instancias que habitualmente habían detentado el poder. Adquirió los hábitos del político personalista, desconfiando de los mecanismos tradicionales para cultivar relaciones con algunos de abajo. El autoritarismo y el clientelismo los cultivó en la universidad.

La gran audacia que siempre ha mostrado, lo llevó a lanzarse para la presidencia de la república en las elecciones de 1990. Dos años atrás, había formado su propia organización política, llamada Cambio 90, con modestas aspiraciones de obtener algunas curules en el siguiente parlamento. De pronto, esos limitados alcances se vieron alterados por una azarosa confluencia de factores que lo llevó al poder. Por ello, el partido carecía de planteamiento doctrinario o incluso de plan de gobierno concreto. No había cemento ideológico alguno y Fujimori prescindió rápidamente de buena parte de sus primeros partidarios. El cambio súbito de aliados no le era extraño. Por el contrario, era una actitud que sería recurrente a lo largo de su carrera política.

La historia política peruana carece de un sistema de partidos sólidos y estables, pero el caso de Fujimori fue realmente extremo, porque apareció como un outsider total, que se impone gracias al descrédito general. Era una ventana de oportunidad en medio de una crisis nacional muy profunda. Si había llegado a la presidencia era porque el Perú se estaba desangrando y viviendo una de sus mayores crisis republicanas. La hiperinflación y el terrorismo amenazaban con liquidar al país. Ese vacío fue cubierto por un grupo de tecnócratas y hombres de negocios que llegaron articulados por los organismos multilaterales, que dieron curso a la reforma neoliberal peruana.

El neoliberalismo le otorgó credibilidad a Fujimori, permitiéndole también algunas de sus medidas mejor pensadas y que le depararon apoyo internacional. Se vivía el giro radical hacia el mercado libre y era el momento del triunfo del llamado “Consenso de Washington”, luego de la caída del muro de Berlín. Por su parte, Fujimori atrajo cuadros profesionales de filiación neoliberal, muchos de los cuales entendieron el ejercicio del poder como un asunto técnico, no contaminado por los procedimientos de la política. De este modo, fueron como anillo al dedo. Le otorgaron respetabilidad y se hicieron de la vista gorda ante los abusos de derechos humanos y actos de corrupción que aparecían.

Comenzando el primer mandato, Susana Higuchi, entonces esposa del presidente, hizo público que un sector de la familia Fujimori se había involucrado en corrupción a pequeña escala, negociando ropa usada, cuyo origen eran donaciones provenientes de súbditos japoneses. Poco después, Fujimori habría de organizar dos fundaciones para recolectar sistemáticamente donaciones en Japón e invertir en obras sociales en el Perú. Estas fundaciones llamadas AKEN y APENKAI fueron dirigidas por miembros de su familia que le fueron leales cuando la crisis con su esposa. Se trataba de su hermana y su cuñado que fueron nombrados embajadores en Japón. Todo este circuito acabó muy corrupto y fue un vehículo para el enriquecimiento particular de la familia del gobernante y para el despliegue de una política clientelística que les trajo excelentes dividendos. Un miembro importante del grupo era Augusto Miyagusuku, amigo cercano y vecino de los Fujimori, quien dirigió la Compañía de Seguros Popular y Porvenir y pronto organizó la caja chica del clan, a través de múltiples actos de corrupción ampliamente demostrados en los tribunales peruanos y por los cuales se halla prófugo en Japón.

Por su parte, los excelentes contactos de Fujimori con los poderes internacionales le permitieron acceder a préstamos para obras sociales y cultivar relaciones con sectores populares, que constituyeron sus principales bases de poder electoral. Con los sectores empobrecidos, Fujimori estableció un vínculo clientelístico clásico, intercambiando alimentos y pequeñas obras de impacto local a cambio de apoyo político. De este modo, el gobierno combinó autoritarismo político, neoliberalismo económico y clientelismo con sectores populares. Esa combinación definió un régimen donde los abusos de Derechos Humanos y la corrupción no fueron accidentes, sino parte de la esencia misma.

Años atrás, durante su retiro a los negocios, después de su primera derrota en la política universitaria, Fujimori había intervenido en bienes raíces, pagando sus impuestos de manera informal y evadiendo tributos. En las elecciones de 1990, esta incorrección fue su flanco débil y en un momento de angustia personal había arreglado el asunto nada menos que Vladimiro Montesinos, quien parecía manejar hábilmente los hilos que anudan negocios y asuntos públicos peruanos. Inmediatamente se tuvieron empatía y el desconfiado Fujimori encontró un hermano siamés con quien cogobernar. Uno se encargaría del escenario y el otro del subterráneo. Sería una paradoja que el más sociable y diestro verbalmente fuera la sombra, mientras que el reservado y escasamente articulado fuera el personaje público, pero cada uno también tenía sus cualidades para el papel que cumplieron desde ese día.

Montesinos empezó como asesor de la alta dirección del servicio de inteligencia, SIN. Inmediatamente se convirtió en el poder real y controló las Fuerzas Armadas gracias a su alianza con el general Nicolás Hermoza, entonces comandante general. Años después, en 1998, cuando Hermoza fue defenestrado, Montesinos había ampliado enormemente sus propias redes y, desde ese momento hasta la caída del régimen, su poder corruptor alcanzó otras instituciones del Estado. Asimismo, Montesinos fue el hombre de las conexiones entre el poder político y una serie de negocios ilícitos que operaban fuera del Estado, entre los cuales se cuenta el narcotráfico, la mayor fuente de recursos ilegales en la economía peruana. Asimismo, Fujimori estableció una especial relación con algunos empresarios acostumbrados a realizar negocios fáciles con el Estado gracias a la colusión. Se incorporaron al gobierno algunos hombres de negocios que estaban ávidos de proceder como habitualmente en el país, donde la ganancia obtenida en el mercado es inferior a la renta proveniente de la asociación política con el Estado.

En noviembre del 2000, al caer estrepitosamente su tercer mandato, Fujimori se exilió en Japón y durante cinco años afrontó la demanda de extradición planteada por el gobierno peruano. De pronto, dos años después, pretendiendo intervenir en las elecciones peruanas del 2006, dejó su refugió y se presentó en Chile. Ahí afrontó una nueva demanda planteada por el Perú hasta la reciente resolución definitiva de la Corte Suprema de Chile. Este pasado fin de semana ha sido trasladado prisionero a Lima, donde se ha abierto un drama político de elevada intensidad. Antes de la decisión de los jueces chilenos realizó una jugada que describe muy bien al personaje y la impresión que produce en el público. Fujimori se presentó como candidato a senador japonés, durante su campaña prometió “darlo todo por la patria de sus padres” y no fue electo, habiendo obtenido menos del 0.01% de los votos. Quiso navegar con su doble identidad y en Japón le contestaron con un no rotundo. Esa movida lo minimizó y facilitó la decisión de los jueces chilenos, porque le restó estatura política.

Ahora, siete años después, en este momento que se abre el juicio en el Perú, todos los actores del poder de la era de Fujimori se han reacomodado. Sucede que el neoliberalismo trascendía al entonces presidente y como régimen económico y social goza del favor de todos los gobiernos desde entonces. Aunque son el actor más disminuido, los militares siguen donde siempre han estado y el gran perdedor por ahora es Montesinos. La familia Fujimori tiene algunos de los suyos exiliados en el Japón acusados de corrupción, pero otro grupo ocupa cargos en el Congreso y dispone de influencia en la esfera pública peruana. Por último, los poderes fácticos amantes del rentismo se hallan muy presentes y en realidad nunca ha disminuido su presencia en la economía peruana. En este círculo se moverán quienes intentarán salvarlo.

Pero, los crímenes por los que será juzgado son demasiado serios y la sentencia de los jueces chilenos parece irrefutable. Dice la Corte Suprema de Chile que, por el tipo de régimen y la naturaleza de su posición, Fujimori pudo haber evitado los crímenes de Derechos Humanos cometidos por agentes públicos. No lo hizo. Por el contrario, alentó la formación del grupo Colina, lo premió y lo perdonó a la primera ocasión. Tratándose de un régimen donde había desaparecido la separación de poderes, quien comanda no puede evadir la responsabilidad legal de los grandes hechos del Estado. Si uno alienta la formación de un grupo de asesinos y luego los amnistía, entonces uno está comprometido, más aún, si se trata de un dictador que controla todo. Por ello, la valla está colocada en una altura bastante elevada y los jueces peruanos no van a poder escabullirse con facilidad. Se ha abierto una batalla política y judicial que será decisiva en el Perú. El destino es aún incierto, se trata de una lucha en curso. Pero en cualquier caso, ha de abonar a una biografía que después de una niñez y juventud anónimas, ha adquirido ribetes de escándalo y espectacularidad. De la cárcel, el tema saltará a la ficción cinematográfica.